Hace
veinticinco años que es un rebelde y no afloja. Viaja por el mundo
cantando como los antiguos trovadores y gauchos payadores, y a pesar
de tener más de sesenta discos editados la industria del espectáculo
no consigue someterlo. Su historia si que vale la pena.
Yo
nací en La Plata y me crié en Bertisso. Mi padre era un tipo
pintón, de familia rica, con bastante cultura. Mi madre era pobre e
inculta, y no podía creer que alguien como mi viejo la amara.
Después de tres hijos mi viejo se plantó con otra mujer. Fue una
maldición. Vivimos dos años y pico en la calle. Allí fue que
conocí a Perón, en un desfile. Me acerqué a mangarle trabajo y me
mandó a un laburo en Tandil. Y esa fue una bendición, porque me
alejó de mi familia, me obligó a despertarme y rebuscármelas solo.
En realidad, desde chico anduve en al calle. Y ya sospechaba que si
mi padre se había ido, había otro padre, intangible, que no me
abandonaba nunca, el mismo padre de los cereales y las ratas. Esa
idea inocente fue como un faro en la oscuridad. Todo el tiempo anduve
tratando de detectar por donde andaba mi Gran Viejo. Eso me llevó a
leer a Whitman, a Rimbaud, a Krishnamurti, a los orientales, a los
budistas, a la Bíblia.
En
Tandil escribía en un diario, “El Eco”. Yo era muy pibe, así
que ponían la foto de otro señor y otro nombre firmando mis
artículos, porque nadie iba a prestar atención a lo que escribe un
pibe de trece años. La columna se llamaba “En contra de nadie y a
favor de ninguno”. Salía a destruir a la gente todas las mañanas.
Me daba la vuelta al pueblo, pasando por la plaza y el bar Ideal y
escribía contra todo lo que había visto. Como si ellos tuvieran la
culpa de que a mí me hubiera ido mal en la vida. Después me
reconcilié con Tandil.
Seguí
ejerciendo el periodismo en el “Diario Argentino”, de La Plata y
en “La Capital”, de Mar del Plata. Siempre me resultó fácil
contar cosas, mucho más fácil que vivir. Por eso yo estaba
convencido de que mi destino iba a ser la literatura. Fue por
accidente que entré en la música. Vivía del periodismo hasta que
tuve la aventura del Hermitage y empecé a hacer crónicas orales.
¿Cómo
empezaste a cantar?
Fue
el 31 de diciembre del 59. Fui
al Hotel Hermitage de Mar del Plata y pedí laburo. Me preguntaron
que sabía hacer. “Cantar”, dije yo, que apenas sí sabía abrir
la boca. Pero me dieron bola. Subí al escenario del Salón Versalles
y le dije a
la gente de gala que había allí: “Yo no sé lo
que hago aquí arriba, pero seguramente ustedes tampoco saben qué
hacen aquí adentro. Algo voy a aprender. Por ejemplo, yo sé donde
está la plata que a nosotros falta. Y voy a aprender nombres de
comidas que los pobres nunca comemos.
¿Cómo
se llama lo que está comiendo usted, por ejemplo?”. Y
les hice decir todos los nombres de los platos complicados que
comían. La mitad del hotel me quería echar a patadas y la otra
mitad me ovacionó. Pero le gusté a Sandrini, y me quedé toda la
temporada.
Desde
chico anduve en la calle.
Toda
mi vida me pasó eso, de dividir a la gente entre los que me odian y
piensan que soy una porquería y los que me aman y piensan que soy
maravilloso. Y ambos extremos exageran, por supuesto.
Entonces
saliste como el Indio Gasparino, del qual no le gusta mucho hablar.
No
es que le esquive el bulto
de esa época que me trajo muchas alegrías. Me escuchaba todo el
mundo, era el tercero en ventas, después de Palito y Leo Dan, los
ídolos de la época. Algunas canciones de entonces siguen teniendo
mucha fuerza, como “Vuele bajo”, que es la que más pide la
gente. “Juana vente pal corral” era divertida y picaresca.
También estaba “La hoja voladora”. La gente cantaba conmigo en
los grandes festivales de los clubes. Yo les contaba que mis
canciones tenían que transformarse cuando aparecían las Ligas de
Madres de Familia, los milicos y los censores a vigilar la moral y la
ideología del público. Les decía que había que seguir cantando,
colando las canciones por debajo de las puertas.
Llegué
a vender ciento ochenta mil longplays, que era muchísimo. Pero no me
gustaba el “ambiente artístico” de la época, era muy mediocre.
Todavía no había salido la nueva canción de los cafés concert ni
la polenta renovadora de rock.
Un
día, en una gira por Venado Tuerto, decidí largar todo y me fui. Le
di toda la guita que tenía a mi vieja. Ella me dijo: “Vos no me
das la plata porque seas un buen hijo sino porque te las querés
sacar de encima”. Y tenía razón.
VAGABUNDEAR
ES CULTURA
Entonces
me fui a Mendoza, donde anduve dando vueltas. De ahí pasé a Chile y
la isla de Pascua, donde me quedé ocho meses, y al Cuzco, donde viví
casi un año. Cambié mucho. Me dejé la barba, me dediqué al
vagabundaje.
A
la vuelta me encontré con Nacha Guevara, que me propuso hacer algo
juntos. Saqué muchas canciones delirantes como “Indio go home” y
“Dale, dale Federico”, que fue un éxito a pesar mio. La agarró
radio Colonia, la radio uruguaya que en esa época tenía mucha
audiencia aquí porque contaba toda la verdad de nuestros golpes
militares, y le entró a dar manija hasta que la convirtió en un
éxito.
Laburé
con Pedro y Pablo, que estaban debutando, con Moris, con Pony
Micharvegas. De pronto, sin darme cuenta salí de los clubes de
barrio y me transformé en un bicho intelectual. Me hacían notas
para los suplementos culturales, andaba en el circuito de café
concert, lleno de psicólogos y escritores. Al principio era
divertido andar entre esa gente,ser escuchado por las minorías
cultas. Era uno de los personajes de la Galería del Este y el
Instituto Di Tolla. La censura me perseguía mucho. Pero tocaba en
boliches caros, como toda la izquierda elegante, y de pronto había
pibes de los barrios del sur, pibes pobres que querían escuchar pero
no tenían guita para pagar entradas altas. Yo me sentía una mierda.
Me peleaba con los dueños de los boliches por eso.
Entre
censuras y protestas me había echo mala fama. Un día, en 1971, cae
la policía en mi casa. Me llevaron a Toxicomania acusado de consumir
drogas. Lo divertido del asunto es que lo hice de todo en la vida,
menos tomar drogas, que no me atraen. Nunca tomé. No estoy ni a
favor ni en contra, simplemente no me interesan. Pero los tipos lo
querían era acusarme de algo, arruinarme la vida. Después supe que
estaba en la lista de amenazados, cuando le pusieron una bomba a
Nacha Guevara.
Asé
la noche adentro, y me trataron muy mal durante dos horas. Hasta que
me cansé y lo encaré a uno de los tipos y le digo: “Vos podés
hacer lo que quieras conmigo, pero vos no existís. Tu pobre vida es
hacer sufrir a los demás. Ustedes no me duelen”. En realidad
estaba quebrado, los tipos habían conseguido amargarme. No era
verdad que no me dolía, pero yo no quería que el tipo tuviera el
placer de verme sufrir. Finalmente apareció uno de los Zupay, que es
abogado, y me sacó.
Me
transformé en un bicho intelectual.
Yo
estaba con una depresión terrible, y me fui a buscar algún amigo al
bar Suárez. Me quedé allí toda la mañana hasta que pasó Pepe
Parada, que me dice: “Estás amargado. No tenés guita”. Se metió
la mano el el bolsillo, me dio ochenta dólares. Y como le dije que
me quería ir, me ofreció ir a tocar a Venezuela. “Hay poca guita,
pero te banco el pasaje y el hotel”, me dijo.
Cuando
subía al avión me sentí libre, en el cielo, en la tierra de nadie.
Era empezar de nuevo. En Venezuela no había trabajo, pero al poco
tiempo me salió un contrato por cuatro actuaciones en un
espectacular de televisión famoso: “El show de Reny”.
Para
abreviar: en el Caribe gané 48.000 dólares. Volví aquí y le
compré una casa a mi vieja con el terreno que tenía al lado. Le
compré una camioneta a mi hermano para que labure. Y me volví a ir.
EUROPA
Y DESPUÉS EL MUNDO
De
allí en adelante anduve viajando por América y después pasé a
Europa, y siempre tuve una suerte impresionante. En Europa grabé
como cincuenta longplays en vivo en varios idiomas. Y durante años
estuve haciendo giras y actuaciones. Llegué a juntar una fortuna
enorme . Me compré un Jaguar, no sabía qué hacer con la guita. Le
mandé plata a mi vieja para que se compre una casa en un barrio
elegante. Se compró una casa de la gran siete, pero a los quince
días me llama mi hermano diciéndome que la vieja está triste. No
tenía con quien hablar. ¿Cómo iba a ir al mercado, a tomar mate y
escuchar el radioteatro?
En
Europa junté una fortuna.
Y
yo, ¿qué puedo hacer en Callao y Alvear? No se trata de tener o no
tener la guita para vivir allí. No sé moverme entre esa gente. El
otro día, en Bragado, un paisano de botas y sombrero me dice: “Mire
Cabral, tengo cuatro entradas para verlo, nos venimos del campo con
unos compañeros en el sulky”. Con ese tipo si me vuelvo loco. Ese
tipo viene porque realmente necesita escuchar algo sincero, no porque
yo esté de moda o algo así.
Recorrí
140 países viviendo con la gente.
Y
bueno, estaba en Europa con todo ese éxito y esa guita. Y un día me
pregunté: “¿Para
qué vine yo a Europa?”. En realidad yo quería ir a Bangkok,
a
Siam, porque me interesaba el budismo. Quería visitar Paris para ver
las viejas cuevas existencialistas. Y de golpe me sentí atrapado. Me
había olvidado de qué era lo que realmente estaba buscando.
Decidí
que no había venido a Europa a amontonar plata. Dejé el Jaguar en
Roma, dejé todo lo que tenía y me fui de viaje a la India, al
Lejano Oriente, a Israel, a China Roja. Estuve en muchos mundos
diferentes, conociendo y viviendo de primera mano otras culturas,
otros sistemas sociales. Viví
en un kibutz en Israel, donde
trabajan sin parar para fertilizar
el desierto y convertirlo
en campos verdes, y viví con
los beduinos marroquíes, que galopan de una punta a la otra del
Sahara en sus camellos pensando que si Allah
hizo el desierto por algo será. Estuve
en japón,
donde el capitalismo y la industria corren a toda velocidad, y
en China Roja, donde un basurero amigo vive en el mismo barrio que un
sabio atómico y los jerarcas andan en bicicleta. En
China me dijeron de muy buen modo que tenía que irme, porque lo mío
era postrevolucionario, para cuando la sociedad justa ya esté
construida,
que ahora solo servía para
distraer a la gente de su trabajo. “Entonces su canción será
bienvenida, señor Cabral.”
En
todos lados pasa lo mismo: antes de gozar libremente de la vida,
tenés que pagar el pecado original, la deuda externa o la dictadura
del proletariado.
¡Ah!
¡Pero de eso no se escapa nadie! ¡Es la zanahoria que hace caminar
al burro! Es el ideal y la culpa. Existiendo un ideal que uno cree
firmemente que es verdad, entonces todo lo demás es mentira, y los
otros son mis enemigos. Rubinstein decía: “Mis únicos enemigos
son los que creen que tienen enemigos”. Si yo busco un ideal, veo
la vida que vivo como algo inferior a ese ideal, como algo
imperfecto. Y siempre voy a estar sufriendo.
Vos
sufriste lo tuyo, y sin embargo…
Tengo
47 años, en cuatro años estuve tres veces en estado de coma, me
extirparon dos tumores, mi mujer americana murió en un accidente de
aviación cuando le faltaban tres días para dar a luz a mi hijo;
pasé por Vietnam y vi como los yanquis quemaban un pueblito con
napalm, me pegaron once balazos y todavía tengo las balas adentro,
me pasó de todo.
Nunca
pensé que llegaría a ser masivo.
Mi
vida fué mágica. La gente me pregunta: “¿Qué
hiciste para que te pasaran tantas cosas?”. Y yo no hice nada. Yo
salí al mundo con una actitud abierta, despierta, sin miedo. Y las
cosas empezaron a pasar, las buenas y las malas. Buda
decía: “Lo que tiene
que ser, será”. Debe de haber un plan que rige todo esto. Un plan
que incluye la diversidad, la infinita variedad siempre cambiante de
la vida. Y vos te bancás la vida o no.
La
vida está afuera, si salís la vas a encontrar. No fuera de tu país
o de tu casa, sino fuera tuyo. Porque si te quedás en tu mundito
mental no conocés la vida, mamás de tus pobres prejuicios
personales.
HOY,
AQUÍ
Los
jóvenes están descubriendo eso, se están abriendo…
Los
pibes empiezan a despertar y se dan cuenta de que lo que les ensenó
su
viejo es poco convincente. Y tampoco pueden aceptar una sociedad que
es castradora en todos los planos. Antes estaba la dictadura que no
te dejaba vivir, ahora está el “Papá Estado”, que es la teta
donde maman los ciudadanos, el gran aparato de burócratas, políticos
y sindicalistas que decide todo por vos. Si cuando yo tenía
diecisiete años alguien me hubiera dicho lo que estamos
diciendo ahora arriba des escenario los roqueros y yo, no hubiera
hecho falta buscar tanto. Y no hubiera recorrido solo 140 países.
Hubiera dado la vuelta al sistema solar siete veces, con la polenta
de descubrir que mi libertad depende de mí. Hace treinta años, un
pibe no podía ser diferente. Ahora
la cosa se está abriendo, porque la fachada falsa del consumo y el
buen comportamientos e cae a pedazos. Y el mundo tiene que cambiar,
porque si no desaparece. Son
los pibes diferentes, los que no aceptan la lógica del terror los
que van a hacer el cambio. Y no quiero ser apocalíptico, pero
el mundo se pudre, 60% de la humanidad come menos de lo necesario. Y
otra gente nada en confort y cosas inservibles, pero se aburre. Nadie
es dueño de nada en esta tierra, sólo de aquello que puede gozar.
Uno no es dueño ni de su propia vida.
Vos
aprovechás poco tus capacidades musicales. Cantás y componés poco.
Porque
a mi me gusta la narración, la charla. La
mayor parte de las cosas que quiero decir no caben en el formato de
la canción. Es difícil poner ritmo y limites a algunas de las cosas
que tengo para contar.
Cuando vi caer el napalm, por ejemplo. Todo eso prefiero contarlo sin
tratar de darle una forma melódica. Ahora estoy reuniendo todos mis
apuntes de los últimos veinte años para armar varios libros, que
saldrían de a uno por año. El primero se va a llamar “Paraiso a
la deriva”.
Y
por eso tus cosas son una mezcolanza de humor, espiritualidad, sexo,
protesta, de todo…
Es
como la vida, sucede todo junto, al mismo tiempo. Yo no voy a
convertirme en un protestón,
en un aburrido cantante “espiritual” o un humorista. Yo quiero
conservar vivo todo lo que siento.
Salí
al mundo con una actitud abierta, y me pasó de todo.
Yo
antes pensaba que lo mio nunca iba a ser masivo. Y ahora, que me ve
mucha gente, sigo siendo el mismo, no le doy bola a la profesión.
Para los pibes jóvenes, yo nací ahora, me conocen desde Ferro
Cabral. Ellos están en el momento de empezar a leer Whitman, a
escuchar el primero Spinetta, a tener las grandes experiencias y
descubrimientos de la vida. Y cuando pensás que tus canciones están
en la lista de los grandes descubrimientos de un pibe que empieza…
Yo
me quiero morir. Si tuviera que pasar de nuevo todas las cosas
dolorosas y todas las cosas hermosas que pasé para volver a cantar
en mi país, frente a un estadio lleno de gente de todas clases
escuchando con atención y participando, haría todo de nuevo. Y
cuando salgo a cantar ahora, me doy cuenta que todo lo que viví y
busqué servio para algo.
Fonte:
Lernoud, Pipo. Revista Canta Rock nº 20, Buenos Aires: Barok S.R.L,
17/10/1984.
Ilustración
de Tapa: Augusto Sicardi
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Crédito:
https://folklore-raiz.blogspot.com/2021/12/revista-canta-rock-n-20-17-de-octubre.html?view=classic
Disponível:
https://ahira.com.ar/wp-content/uploads/2020/08/Cantarock-n%C2%BA-20.pdf